Technical Sales Engineer en Cloud, On-Premises & IA. Convierto problemas complejos en propuestas claras — el mismo oficio con el que le encuentro la vuelta a un guion de Lynch o a una constelación que no reconozco.
Gestiono el ciclo técnico-comercial —desde el relevamiento y el diseño de soluciones hasta RFPs, RFQs y RFIs— para clientes enterprise en entornos multicloud (AWS, GCP, Azure), on-premises e IA.
Crecí grabando películas en VHS y hoy diseño arquitecturas tecnológicas. Esa mezcla de nostalgia analógica y lógica digital es, sospecho, de dónde viene todo lo demás: de chico ayudaba en un videoclub, de adolescente me colaba en las FM Artika y Platino y en casas de computación. Ahí se me pegaron el cine, la música y la tecnología para siempre.
Quizás por eso, a cada situación de la vida —una charla, un problema del laburo, un día raro— le encuentro el equivalente en una película, una escena o la letra de un tema. Es un reflejo involuntario: para mí, la realidad siempre termina traducida a referencias.
Tres pantallas, tres obsesiones. Ninguna es un hobby de relleno — cada una viene con su propia forma de prestar atención.
1.859 películas vistas, en 67 países, de 1928 a los estrenos de este año — las sagas son apenas la parte más visible. Mis géneros de cabecera son thriller, drama y terror: 373 películas catalogadas como terror clásico y monstruos, otras 321 de terror sobrenatural, 301 de thriller psicológico oscuro. Ahí es donde realmente vivo, entre Vertigo, Psycho, El Exorcista, Apocalypse Now y Blade Runner, sin distinguir mucho entre década o país. En Letterboxd no solo listo — reseño cada estreno que veo (últimamente The Long Walk, Vicious) con la misma atención que le pongo a revisitar un clásico como Adaptation. Las sagas y trilogías son parte real de mí — de ahí "The Best Trilogies" y mi Canon Bélico Definitivo. Mi Top 60 personal va del cine mudo (The Man Who Laughs, 1928) a Kubrick, Hitchcock y Coppola. Lynch (14 películas) y von Trier (10) son mis directores más vistos — ahí es donde lo extraño se siente familiar.
De pogo con Anthrax y Arch Enemy a que suenen Tears for Fears, Rod Stewart o buenos temas de rock alternativo en los parlantes de casa: en la música no hay prejuicios. Con recitales desde 1996 y una ruta ininterrumpida de más de 50 shows, pasé por noches inolvidables como la cumbre de Ozzy Osbourne, Motörhead y Judas Priest en 2015, la fidelidad incondicional a Iron Maiden —la banda que más veces vi en vivo—, los clásicos de Metallica, y esa magia inigualable de Cerati que hoy es intocable. La discoteca es amplia, ecléctica, y siempre hay una entrada esperando el próximo gran show.
Lo más divertido es ver la cara de sorpresa cuando descubren el resto del mapa: el mismo tipo que banca una maratón de metal puede caer rendido ante la elegancia de Sting, dejarse llevar por los hits britpop de la vuelta de Oasis, o meterle groove y calidez a la tarde con Bahiano. Al final, la única regla es que mueva algo por dentro.
De chico, el libro Cosmos de Carl Sagan me abrió la puerta a este mundo —y todavía lo tengo guardado como un tesoro—, mientras que un telescopio Tasco bastante básico, que yo apenas entendía pero con el que igual pasaba horas, hizo el resto. En la pared de mi cuarto tenía un póster con el mapa detallado de la Luna, y mi gran juego era buscar y reconocer los cráteres mientras apuntaba al cielo nocturno. De aquellas lecturas me quedó grabada para siempre la imagen del punto azul pálido: aquella mítica foto donde la Tierra se ve desde el espacio como un insignificante píxel de luz. Esa perspectiva hoy me acompaña como un cable a tierra: mirar la inmensidad del universo y saber que somos infinitamente pequeños me devuelve una paz inmensa. En ese contraste entre la vastedad del cosmos y lo efímeros que somos, las preocupaciones del día a día se acomodan y todo adquiere otra escala. Cielos despejados y constelaciones que se siguen aprendiendo despacio.